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HOMENAJE A CONCHA ZARDOYA
En su noventa cumpleaños

Concha Zardoya
Semblanzas de poetas
Textos leídos en el acto celebrado en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, por "Miércoles de la Poesía", el 21.1.2004

Fina de CALDERÓN *


Hoy vamos a rendir homenaje a una gran poeta: Concha Zardoya. Sentimos que, debido a problemas de salud, nos prive de su presencia, simbolizada por estas rosas.
¡Cuántas veces te llamé, querida Concha, para que prestigiaras un "Miércoles de la Poesía" y al fin hoy, con Juan Ruiz de Torres, que puso tanto empeño en su celebración, y unidos a tus numerosos adictos, hemos coincidido en festejar este acto de amor, acto salido del alma a la poesía que tú representas! (...)
Aunque son conocidos los detalles de la vida de Concha Zardoya, me parece oportuno evocar algunos de sus aspectos. Concha Zardoya nace en la ciudad de Valparaíso (Chile) el 14 de noviembre de 1914, de padres españoles. Cuando cuenta diecisiete años, la familia se traslada a España, primero en Zaragoza, luego en Barcelona. Finalmente, se instala en Madrid, donde ella inicia sus estudios de Filosofía y Letras, abandonándolos por estudiar un curso de Biblioteconomía en Valencia y, tal vez, por el estallido de la guerra civil, contienda en la que fallece su único hermano Alfonso. Allí trabaja en Cultura Popular junto a José Manaut, padre de Stella Manaut que nos acompaña, y en esa institución organiza una biblioteca y muchos actos culturales en hospitales, en fábricas y en la radio.
Por aquel entonces, comienza Concha a escribir poemas que publica en la "Hora de España" y, ya en Madrid, da clases, realiza traducciones, elabora guiones de cine y ensayos y se dedica a la narrativa, saliendo a la luz sus primeros cuentos.
Vuelve a reanudar en 1947 su carrera universitaria de Filología Moderna doctorándose, tras su marcha a los Estados Unidos, en la Universidad de Illinois con la tesis "España en la poesía americana". Allí imparte clases de Literatura Española (como lo hicieron Salinas o Guillén), al igual que en otras universidades norteamericanas. Regresa definitivamente a España treinta años más tarde, en 1977.
La biografía de Concha no se halla exenta de merecidos galardones como el accésit del Premio Adonais por Dominio del llanto, la Primera Mención Honorífica del Premio Catá de Cuentos en La Habana, el Premio Boscán por Debajo de la luz, el Fémina por El corazón y la sombra, el Café Marfil por Ritos, cifras y evasiones, el Ópera Óptima por Manhatann y otras latitudes o el Prometeo de la Poesía por Altamor.
Su obra en el campo de las letras abarca desde la traducción (de Walt Withman o Charles Morgan), la biografía (recordemos la de su admirado Miguel Hernández), la crítica literaria (Historia de la Literatura Norteamericana o Poesía española del siglo XX, en varios tomos) y el cuento; bajo el seudónimo de Concha de Salamanca escribió Cuentos del antiguo Nilo, Historias y leyendas españolas e Historias y leyendas de Ultramar.
Pero es la poesía es el género que ocupa la mayor parte de su producción literaria e, igualmente, se caracteriza por la amplitud de registros y la diversidad en los temas. De ahí que, a veces, el asunto central de un todo un poemario pueda girar en torno a pequeños objetos (como por ejemplo, un abanico) lo mismo que a temas trascendentales como los de la reflexión sobre comportamientos sociales y éticos. En ocasiones, es la propia poesía el verdadero germen de la creación del poema.

El poemario Los ríos caudales es el homenaje personal que Concha rinde a los poetas del 27. A muchos de ellos los conoció y admiró. El poema inicial, cuyo título coincide con el del volumen, viene a ser una alegoría del río con sus afluentes, remansos, riachuelos, atravesando bosques con cigarras y ciervos, hasta llegar al mar simbolizando la tradición recibida por el grupo del 27, su intensa obra creativa (que tanto revolucionó la creación poética contemporánea) y sus influencias en la lírica posterior. Luego, partiendo de un estudio exhaustivo de cada autor, elabora un poema antológico que reúne temática, claves, e incluso títulos y versos del poeta aludido. Evoquemos, por ejemplo, unos versos que dedica a Gerardo Diego:

En tu "Fábula de Equis y Zeda", gongorizando, reconstelas el amor y tangencias sus niveles. (…) Los relámpagos, las flores, las teorías exactas… Poeta, barroquizabas para cantar la voluta del capricho salomónico que hiperboliza y encubre, calderoniano hipogrifo.

Y si su libro El don de la simiente está dedicado a poetisas de todos los tiempos (desde Rosalía de Castro hasta Carmen Conde, pasando por Gabriela Mistral), en el poemario Marginalia se dan cita autores clásicos y modernos, sin olvidar a cada uno de los poetas españoles actuales). En Ciudadanos del Reino se inicia un desfile de tipos humanos (como si de las Danzas de la Muerte se tratara) plasmados a través de una pantalla de cine. Ahí están, por ejemplo, el avaro, el creyente, el poetastro, o el vanidoso.

Y llega el momento de hacer una análisis de su existencia y descubre, según sus propias palabras, que "sólo tumbas quedan tras el viento", por lo que el poemario La estación del silencio se convierte en un rosario de elegías: algunas familiares, íntimas y personales (como puede ser "Hermano mío"), otras a personalidades de las letras hispanas de todos los tiempos. También recuerda a figuras internacionales (por ejemplo, a Nijinski que, tal vez, le duela como a mí me duele Nureyev). Finalmente, adopta un tono más filosófico en las elegías imaginarias y culmina el libro sorprendiéndonos con su propio epitafio, escrito en el exilio. De ahí, su tono patriótico.

Si se mueren mis días en ciudades extrañas, que mi pobre ceniza vuelva a ti, madre España, por el mar, por el viento. ¡Polvo tuyo se haga!

La clave de cada poemario nos la desvela Concha en uno o varios de los poemas que incluye. Así, por ejemplo, en Patrimonio de ciegos, libro de carácter intimista, donde las ventanas, que coartan la libertad, son un lugar común; pero también los ojos, pasando a ser de vocablos reiterados, a protagonizar y a significar, (cuando a la poeta le acucia el paso del tiempo), hasta la misma muerte, como esa "ceguera póstuma" o esos ojos sin vida de los "poetas ciegos".

Preguntas de carácter existencial asaltan muchas de sus páginas:

Y la vida ¿qué es? Es un vaciarse en el silencio póstumo, en el misterio último

Otras veces, la autora canta sus propias experiencias, su infancia, escenas familiares, el maestro de escuela,…Y la melancolía y la tenaza del tiempo que se agota vuelven a ser constantes de sus versos. Oigamos esta brillante imagen:

Taciturnos relojes, inventados por insomnios azules o nostalgias, dan cuerda a sus agujas.

Indudablemente, la misión, el objetivo de Concha, en su transcurrir por esta vida es ser poeta. Ser poeta: escuchando las doctas palabras de los clásicos. Ser poeta: sirviendo de modelo a generaciones venideras y difundiendo tu propia poesía por todo el mundo. "La poesía -dice- es la sangre común, hereditaria, el legado que nos hermana: transfigura sufrimientos y gozos en palabras". Y si la reunión de fonemas y sílabas forman la palabra, la palabra es, para Concha, ese "dios que nos domina y a quien el poeta sirve", valiéndose del verso libre, corto o largo, de la estrofa rimada y de todos los recursos estilísticos que están a su alcance: símbolos, metáforas, juegos de palabras, parábolas, epítetos, neologismos, encadenamientos, personificaciones, etc… Recordaré una estrofa del poema "Idioma lúcido" sobre las imágenes, que la poeta me dedicó:

Imágenes inventas que no habitan en el mundo exterior pues reconoces sentidos que se escapan a los ojos: es un idioma lúcido del alma.

Ha manifestado la autora el miedo de que un verso suyo sea encontrado algún día en un libro viejo, pero no debe temer, pues éste resurgirá de sus cenizas cobrando de nuevo vida, libre del polvo del tiempo, ya que su poesía tiene voz perdurable.

Y aunque tú nos anuncias, querida Concha, "adioses o despedidas", sabemos que nunca podrás irte de nosotros, entre otras cosas porque bien sabes que los grandes poetas como tú no mueren nunca, como no se pierden en el olvido los mitos, como no se pierden en el olvido los bosques, como no se pierden en el olvido esos pinos que permanecen seguros mirando el cielo, pero bien anclados, bien arraigados en la tierra.

Leopoldo de LUIS **

Entre Pájaros de Nuevo Mundo y Alrededores míos desfilan en formación lírica más de treinta libros de Concha Zardoya. Algunos son absolutamente significativos: La hermosura sencilla, Corral de vivos y muertos, Debajo de la luz... Pero resulta imposible sintetizar en breve espacio una obra tan ingente. Me limitaré a formular tres notas: Una, en torno al libro La hermosura sencilla, otra en relación con el libro Los engaños de Tremont y, la tercera, sobre un aspecto general. Concha Zardoya es nuestra gran poetisa de posguerra. Puede ponerse a Carmen Conde, pero es anterior. Quizá se recuerde a Ángela Figuera, pero es posterior. Concha pertenece con exactitud a la primera generación de esa posguerra: su primer libro aparece en 1946. La primera observación que señalo es de 1953. En un libro de tal año se inaugura por Concha lo que llamaríamos la poesía de la cotidianidad. Tema que va a instalarse en el panorama de la época. La actitud del poeta frente a la poesía misma cambiaba: se abandonaron las torres de marfil y se amortiguaron las delicuescencias narcisistas. Nos inclinábamos por una poesía de la vida en común, de las realidades acuciantes, de las cosas sencillas. Una belleza sorda, paradójicamente una belleza fea, del vivir cotidiano. Concha fue su madrina: La hermosura sencilla. Cosas elementales, vulgares. Esas que como satélites humanos giran en torno nuestro: una silla, una jarra, una mesa, una lámpara... También aquello en que se apoya la vida de lo inmaterial e interior: una música, una muñeca, unas cartas, unas flores... Incluso los paisajes a los que nos asomamos a diario. Dicho de otra manera: la vida en torno y nuestra vida íntima, la vida solidaria con nosotros mismos y nuestros semejantes. La segunda anotación es de índole formal. También aquí Concha es precursora: inventa, en 1970, el soneto blanco. ¿Qué es el soneto blanco? Catorce versos, catorce endecasílabos, ordenados en dos estrofas de cuatro y dos de tres, pero horros de rima. Así se armonizan clasicismo y modernidad, rigor y libertad. Esta fórmula la aplicó Pablo Neruda en sus poemas a Matilde Urrutia, pero algo después. Y paso a la tercera observación. Para mí Concha es mujer que pregunta. Poesía grave, elegiaca, trascendente con un estilo que, con frecuencia, se apoya en la interrogación. Desde sus comienzos, identifica la hermosura sencilla con la Divinidad y se pregunta: "Si Tú no fueras aire / ¿cómo podrían sonar las campanas?. / Si Tú no fueras luz / ¿cómo podrían / los vidrios imitar la transparencia? " A partir de aquí, las preguntas se suceden inquietantes. En su libro más reciente: Alrededores míos, editado por la poetisa Luz María Jiménez Faro en su colección Torremozas, en el año 2003, Concha persevera en su afán inquisitivo. Ella fue la primera que escribió y publicó un amplio estudio en torno a la obra de Miguel Hernández, y en este nuevo libro de poemas, al contemplar un retrato del joven oriolano en actitud de tañer una armónica, interroga: "¿Caramillo bucólico inventado / para escuchar el campo entre las rejas / de tu celda sellada por injustos?" Ciertamente, la interrogación como fórmula estilística es eficaz siempre para la suscitación de un temblor poético. La interrogación es una puerta hacia el misterio, es una ventana hacia la luz. Interrogación, luz, ventana, poesía... ¿no vienen a ser una misma cosa? Belleza, sencillez, ternura... ¿qué honda es la poesía de esta mujer! Aún joven, por los años cincuenta, se preguntaba, contemplando unas violetas, -ella es una neorromántica-: "¿He de irme y pasar... / oh, morada belleza con perfume? Morada belleza con perfume: eso es, la poesía de Concha Zardoya. Mis homenajes.

Publicado en La Pájara Pinta, nº 18, A.P.P., 2004.

* Fina de CALDERÓN, poetisa y directora de "Miércoles de la Poesía" **Leopoldo de LUIS, poeta, ensayiosta, crítico literario; Premio Nacional de las Letras Españolas:

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